Sucedió que en el peregrinaje,
En ese viaje en búsqueda de la concresion de las ideas,
Un fulgurante espasmodico e inextricable brillo de caderas,
Fue llevandome al tiempo en que las mieles del atardecer citadino,
Con frío corrupto y nutritivo iban volcandome en el idilio del mañana,
Tan solo para llegarme al portal de sus ojos,
Besarte hasta la última letra de ese raro abecedario que compone tu nombre,
Grabarme la sinfonía de tu voz cuando es tu silencio quien me invoca en la distancia.

Porque no solo es sentirla a diario,
Es descifrar la razon de extrañarle a un sentado a su lado.

Asi morirme en vida mientras tu mano tatua su candor en el fusil de mi pecho,
Sus impetus en las balas de mis pasos hasta que,
Junto a ella destrozar lo ya existente,
Forjar en el desierto del caos,
En la herencia del sol,
Una historia nacida solo del presente,
Recordando solo ese exacto momento de nuestra primera mirada.